No recuerdo haber visto nunca antes la luna saliendo sobre el mar.
Anoche sabía que habría luna llena (la noche anterior la había visto a través de la ventana de la cocina). Fui a la playa de noche, con Euclides, mi perro marino. Estuvimos los dos sentados sobre la arena fría durante casi dos horas; yo miraba el cielo, las estrellas y el horizonte; atenta a cualquier resplandor en el cielo. Euclides esperaba a mi lado.
Vi cómo se movía la Tierra; cómo las estrellas bajaban y se ocultaban detrás de la línea del horizonte. Tomé conciencia de la velocidad vertiginosa a la que nos estábamos moviendo.
Finalmente, el mar se puso negro y sobre el horizonte, justo enfrente mío, apareció primero un ligero resplandor, y luego una raya anaranjada, una uña, un pétalo de margarita. Parecía una flecha que señalaba el mar; del mismo color que el fuego de una estufa. Me agradecí a mí misma por haber esperado; la luna naranja se reflejó en el mar negro y en la arena mojada. Euclides comenzó a llorar.
Anoche sabía que habría luna llena (la noche anterior la había visto a través de la ventana de la cocina). Fui a la playa de noche, con Euclides, mi perro marino. Estuvimos los dos sentados sobre la arena fría durante casi dos horas; yo miraba el cielo, las estrellas y el horizonte; atenta a cualquier resplandor en el cielo. Euclides esperaba a mi lado.
Vi cómo se movía la Tierra; cómo las estrellas bajaban y se ocultaban detrás de la línea del horizonte. Tomé conciencia de la velocidad vertiginosa a la que nos estábamos moviendo.
Finalmente, el mar se puso negro y sobre el horizonte, justo enfrente mío, apareció primero un ligero resplandor, y luego una raya anaranjada, una uña, un pétalo de margarita. Parecía una flecha que señalaba el mar; del mismo color que el fuego de una estufa. Me agradecí a mí misma por haber esperado; la luna naranja se reflejó en el mar negro y en la arena mojada. Euclides comenzó a llorar.
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